Mala suerte en el amor

17 10 2018

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Es hora de aceptar el problema, sí eres tú. Pero puedes aprender.

Si llevas mucho tiempo solo, tal vez sí eres el problema y no es que no hayan más personas indicadas para ti en el mundo. Si bien no hay ninguna fórmula probada para conseguir pareja, al menos no una sincera, si hay ciertas variables que pueden retrasar la búsqueda.

No eres trasparente

No es que seas mentiroso, sino que no puedes mostrarte cómo eres realmente frente a los demás, impidiendo que te conozcan. La psicóloga Jacquie Vorauer, de la Universidad de Manitoba, explica esto como la “distorsión en la señal de amplificación”, que es “la tendencia a creer que comunicamos más de nosotros mismos de lo que realmente lo hacemos”. La importancia de ser trasparente va en que alguien se fije realmente en ti y no seas una sorpresa más adelante.

No sabes cortejar

La palabras no son tan útiles en el ámbito del cortejo. Según el antropólogo David Givens, en su libro “El Lenguaje de la Seducción” recomienda usar el lenguaje corporal para dar señales. En el caso de las mujeres puede ser tocarse el cabello, y los hombres mantener una postura erguida.

“Copiar las maneras hace que nos parezcamos más a la otra persona da una impresión subliminal de ser más atractivo. Quienes hacen las mismas cosas tienen el camino allanado para hacer más cosas juntos en el futuro”, señala Givens.

Ocultas el rubor

El rubor es parte del cortejo, no hay por qué evitarlo. “El trasero de un chimpancé hembra se vuelve rosado para mostrar su receptividad a los machos. Un caballito de mar se pone naranja cuando quiere atraer a su pareja. La cara de un hombre o una mujer excitados en esta primera parte del cortejo se pone roja”, explica Givens. Al final, ponerse rojo es una buena señal para el otro.

No te mueves bien

“Cuando un hombre encuentra atractiva a una mujer, en vez de decírselo con palabras puede alargar el brazo sobre la mesa, como si se dispusiera a tocarle el antebrazo o la mano” aunque nunca se la toque, dice Givens. Otra señal es inclinar el tronco hacia esa persona.

Callarse y entreabrir la boca también es una señal. “Refleja el deseo provocado por la atracción sexual. Los labios separados son comunes en las escenas románticas, cuando los miembros de pareja se acercan para darse el primer beso”.

No sabes interpretar señales

Si no te prestan atención, acéptalo y cambia de objetivo. Puede ser doloroso, pero menos que una decepción.

“Cuando una mujer se ve ignorada, rápidamente cambia su atención hacia otra parte aunque no se desplace. El hombre, menos habituado al lenguaje corporal, cree que ella sigue interesada solo porque sigue físicamente allí. Absorto en el rostro y la figura de ella, presta una menor atención a su comportamiento. Esta reacción psicológica masculina se conoce como pigmalionismo: enamorarse de estatuas“.

“Algunos hombres siguen haciendo la corte tanto si la mujer les presta atención como si no. Mientras tanto pasan por alto a las personas que les envían señales de aproximación. Son los hombres que tienen mala suerte con sus citas”.

No das segundas oportunidades

Las primeras veces para la gente tímida es difícil. No siempre hay que juzgar todo a partir de la primera cita. Si tienes algo de esperanza o dudas, es mejor ver cómo se da todo una segunda vez. Givens postula que si la otra persona es mas desinhibida, intente acercarse a través del tacto. “Como tienen un vínculo externo, diferente a ellos mismos, la conversación no parecerá invasiva o demasiado personal”.

Tratas de ser alguien más

“Para algunas personas la autorrepresentación consciente es una forma de vida. Monitoreando de continuo su propio comportamiento y registrando la reacción de los demás, modifican su comportamiento social cuando no ejerce el efecto deseado. Son esas personas que tienden a ser lo que se espera de ellas y que actúan como auténticos camaleones sociales”, explica David G. Myers en el libro Psicología Social. Esto puede servir para una cita de una sola vez, pero no para relaciones constantes.

Baja autoestima

Tener un bajo autoconcepto de ti mismo hará que tengas una imagen distorsionada de la realidad. Estoy seguro que eres una persona muy valorada por tu familia y por tus amigos, así que empieza a verte con esos buenos ojos.

Si continúas con tu bajo autoconcepto seguirás pensando de forma negativa hacia tu persona y eso hará que tus relaciones personales se vean perjudicadas, porque para que te quieran, primero debes quererte a ti mismo.

Prejuicios

Si eres una persona que acostumbra a tener prejuicios negativos de todas las situaciones es muy probable que tu realidad se vea distorsionada y te cierres puertas sin darte cuenta a nivel emocional.

Por ejemplo, si piensas que si tu pareja no tiene dinero no pueden ser felices, estás anteponiendo lo material al amor, o si crees que por tener más edad que tú ya son incompatibles, se te olvida que existen muchas parejas muy felices sin tener en cuenta la edad.

Mucho trabajo, poco tiempo

Si eres una persona centrada en tu trabajo y tienes una rutina muy marcada es difícil que te salgas de ella a no ser que sea algún caso especial, ¿verdad?

Piensa que si siempre estás siempre encerrada en los mismos lugares y círculos será difícil que conozcas a gente nueva para iniciar una relación.

Demasiadas expectativas

Es bueno ser exigente en el amor, pero las expectativas es otra cosa muy diferente. La perfección en el amor no existe y por eso debes renunciar a ese príncipe azul que sólo existe en tu mente. No es justo para la otra persona que tenga que pasar un examen emocional sólo para que te guste más o menos.

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Descalzos por Paris.

15 10 2018

 

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Nunca se le conoce suficiente, menos demasiado. No suele ser la misma, de cualquier manera. De hecho, lo suyo es ir adelante: da la impresión de que el planeta cambia a partir de ella. Y claro, cambias tú. Para eso la buscas, ¿no? Unos días te acaricia, te cautiva, te hace sentirla tuya; otros, sin previo aviso, te castiga, te ignora, te arrastra por el suelo sin piedad. Nada más fácil que despreciarla desde el fondo de tu alma y huir de sus encantos como de una epidemia. Lo difícil, no obstante, será aguantar las ganas de volver y rendirte a sus pies.

Conocí París un domingo y la encontré algo sucia. Hosca. malencarada. La Torre Eiffel era gris, igual que un fin de fiesta, a pesar de tantas tienditas de souvenir que hacían las delicias de alguien como yo. La mañana siguiente, me basto recorrer un par de cuadras para caer en una hipnosis tan dichosa como inexplicable. Ya fuera que mirase en torno mío o hacía los edificios de techos azules, el universo se movía a un ritmo frenético que en el primer descuido ya me llevaba en vilo. Los sonidos, los olores, la luz, todo avanza deprisa cual si ahí estuviese el motor de este mundo. De París se olvidan muchas cosas, menos el clic de la primera vez. Cuando volví a mi pueblo, ya no me sentía niño.

Verdad es que uno llega con expectativas. Aun y sobre todo antes de conocerla, cada quien tiene su propio París.  Yo pasé mucho tiempo ahí en mis años de universidad. Mis escasos recuerdos, me temo, los he adaptado de los relatos de mis compañeros y de mi amigos de parranda, pero desde entonces pienso en esa ciudad con las mística propia de quien cree en los designios del destino. Es decir, con la fe de los enamorados. ¿ Qué tendría de raro que cada nuevo encuentro fuera un poco el primero, a juzgar por los pálpitos cardíacos?

Volví otra vez, ya con 31 años, en busca de lo oscuro y lo torcido, que en París solía haber a granel. Todos esos lugares que mi morbo alcanzó a ver de lejos, de repente se abrían cual infierno amigable en las banquetas mismas de Montmartre, reservadas entonces a noctámbulos de muy amplio criterio. ¿Y qué decir de los bares del Barrio Latino con sus bohemios desatados, sus tugurios en ruinas, sus sombras fascinantes? ¿Cómo ver allí, banqueta tras banqueta, un persistente reto a la osadía?

Cuesta trabajo creer o imaginar, por más que uno lo sepa y lo comprenda, que aquella monumental inmensidad pueda caber en una pequeña parte de Francia, L’île de France.

La última vez viajé para darle la espalda en punto de las 6 de la mañana, tomaba un vuelo con dirección a Tel Aviv, donde cada septiembre se celebra el año nuevo judío, y no volví a mi regreso, con la desazón de un amante inconsecuente. Pero es que ella es así. Después de tantos años, apenas sé quien es, pero me costa que ella me conoce. ¿Que más podría pedirte, París?