Esa droga llamada Amor

11 07 2010

“Y fueron felices para siempre”.

¿Siempre? Para muchos esa palabra abarca demasiado tiempo  y se justifican diciendo que nada es eterno, pese a que la gran  mayoría ha crecido con la idea de que al encontrar el amor, éste se convertirá en algo definitivo en nuestras vidas.

El problema surge porque nadie nos enseñó que el amor tiene  distintas caras y al encontrarnos con aquellas de las que nadie nos advirtió, surge un remezón a tal nivel que pone en jaque la relación de pareja.

Según la profesora Cindy Hazan, de la Universidad de Cornell en Nueva York, “los seres humanos se encuentran biológicamente programados para sentirse apasionados entre 18 y 30 meses”.

Su afirmación está basada en una entrevista a cinco mil personas de 37 culturas distintas. A partir de ellos determinó que la pasión tiene un tiempo de vida.

Téngase presente el amor tiene sus etapas y existen una serie de estudios que dan cuenta de ello. Por lo tanto, es básico que quienes todavía crean que este sentimiento podría llegar a ser eterno cuando encontramos a “la” persona de nuestra vida, tengan en cuenta cuáles son las dos fases del amor. La primera es el enamoramiento y luego de eso viene el acostumbramiento, cuando la pasión comienza a dejar lugar a la seguridad.

En cuanto al enamoramiento, hay tres elementos a tener en cuenta:

Flechazo: Al conocer a alguien y sentirnos atraídos, una serie de cambios químicos y sicológicos tienen lugar en nuestro cuerpo.

Surgen entonces una serie de mecanismos de seducción, entre los que el lenguaje del cuerpo juega un rol fundamental.

El cómo nos vestimos, nos paramos, miramos y le hablamos a la  persona que nos interesa revela que sentimos algo especial por ella. Conjugamos nuestro instinto animal, inconsciente, con la capacidad estratega, con la que todos los seres humanos contamos.

Química: Los sicólogos evolucionistas norteamericanos, apuntan a que el amor, por lo menos en sus primeras fases, se abastece fundamentalmente de química.

Una sustancia en nuestro cerebro denominada feniletilamina obliga la secreción de la dopamina o la norepinefrina, que por sus efectos se parecen a las “anfetaminas”, las cuales producen un estado de euforia natural cuando estamos con nuestra pareja.

Genética: Al igual que los animales, que procuran aparearse con la mayor cantidad de hembras a fin de conservar la especie, los seres humanos llevamos en nuestros genes el instinto de procreación. Científicos revelan que las sustancias químicas cerebrales se disparan en las primeras fases del amor, generando atracción y el deseo de estar juntos.

El amor, entonces, surgiría como una forma de conservación de la especie, cuyo fin último es el tener hijos. Otra prueba de ello la constituyen algunos estudios realizados en Estados Unidos, en los que queda comprobado que las mujeres son más infieles durante su etapa de evolución -vale decir cuando pueden quedar embarazadas-, pese a que su mayor temor es tener un hijo con su amante.

¿Y después qué?

Hasta aquí va todo bien. Sin embargo, comienza entonces la segunda fase, aquella parte de la que nadie nos advierte y ésta surge cuando se cumplen el objetivo de tener hijos o, por lo menos, de programarlos.

En ese momento cambian los patrones bioquímicos cerebrales. En lugar de “anfetaminas”, el cerebro segrega ahora drogas “narcóticas”: Las endomorfinas y las encefalinas que le dan a las personas gran seguridad, calma y paz espiritual.

Por lo mismo, la pasión baja y normalmente es a ello que se atribuyen las crisis vividas por las parejas al tercer o cuarto año de permanecer juntos. La euforia o pasión inicial queda atrás. Y aunque el tener hijos no haya dado resultado comienza la contradicción entre lo deseado socialmente y lo que la genética manda.

”De no haber hijos, el cerebro inhibiría las sustancias que promueven las primeras fases del amor con su pareja fallida y tendería a desarrollarlas en presencia de terceras personas, fomentando así la infidelidad o la separación de la pareja”, plantea un grupo de expertos en inteligencia emocional, liderado por Abel Cortese y Eric Gaynor.

Y si existe la descendencia, llega el momento en que la pareja decide cerrar el número de integrantes de la familia. Por lo que nuevamente pierden el objetivo que inicial e inconscientemente los mantenía unidos.

¿Se muere el amor?

Los hindúes aseguran que jamás llegamos a conocer en totalidad a nuestra pareja, por lo que con ingenio podríamos evitar la rutina y ver el lado positivo de conocernos más.

“Buscar amistad, sinceridad, integridad, calidez, simpatía, valor,  ternura, inteligencia, intereses comunes y compañerismo, es fundamental para desarrollar la intimidad”, señalan los expertos en inteligencia emocional.

Recomiendan preservar espacios de tiempo y físicos para la privacidad. Hay que conservar la capacidad de sorprender al otro desde cualquier punto de vista, bien sea excitándolo, divirtiéndolo, alegrándolo o emocionándolo, y siempre con originalidad.

La idea es abrirnos desde dentro hacia afuera, porque es el momento de la intimidad. De esta manera, es probable que la pasión continúe hacia el futuro.

La investigadora Cindy Hazan corrobora lo antes citado. Ella identificó algunas sustancias responsables del amor: Dopamina, feniletilamina y ocitocina, comunes en el cuerpo humano, pero que solamente son encontradas juntas en las etapas iniciales de la conquista.

En la medida que transcurren los meses, el organismo se va haciendo resistente a sus efectos por lo que la fase de atracción pasa. El paso siguiente es que nos encontramos ante una dicotomía: Separarse o habituarse a manifestaciones más tibias de amor como lo son el compañerismo, afecto y tolerancia.

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